De nuestra pluma

Adrián Barrios, prom `92
Es economista y un poeta lírico, una mezcla diferente y refrescante de las que sale airoso

Siempre lo pienso y digo, la mejor etapa en mi vida ha sido la del colegio. Recuerdo a casi todos mis profesores, les debo mucho, en especial a Mr. Nash, una persona muy inteligente

Tuve muchos y muy buenos amigos. Y en el Newton todo fue muy divertido, hasta el aprender. Hay tantas veces en las que añoro estar en el patio

Pelagatti, o ser un niño de nuevo, con mis amigos y mis profesores...

Soy un economista de la Universidad del Pacífico. He trabajado profesionalmente como auditor en las firmas Arthur Andersen y Deloitte.

Asimismo ha sido Jefe de Finanzas en una compañía del sector farmacéutico y asesor financiero en una empresa especializada en créditos.

Actualmente soy Administrador de Naan Catering. Viajaré próximamente a Barcelona, España, para realizar una Maestría en Administración. En mis tiempos libres me dedico a la poesía, El laberinto de luces es un poema último.

 

El laberinto de luces

Minotauro que sigue en pie,
Rebotando en las paredes del olvido.
Acelera su paso escarpado
Perdido sin entrada y salida.

Oculto en un marasmo de paredes
Empieza a desfallecer,
Sin estruendo en sus pensamientos,
Víctima del encierro artificial,
Guarda las llaves de su cancerbero
Que sólo lo pueden conducir a la eternidad.

Y en el sueño del desenlace,
Bombardeado en su confusión.
Aparece inmerso y recluido
En un nuevo laberinto.

Es el laberinto de luces.

Y camina y se da cuenta
Que no hay más paredes infranqueables
Sino cortinas de luz.
Que no hay más un piso escabroso
Sino un lecho de nubes.
Que no hay más una atmósfera enrarecida.
Sino una brisa etérea.
Que no hay más un conteo final
Sino un nuevo amanecer.

Y perdido en el laberinto de luces
Atraviesa las paredes,
Se encumbra sobre las nubes
Navega a través la brisa,
Y pinta su mejor cuadro, del amanecer perenne.

Laberinto fascinante
Me encierras, pero me liberas,
Me tapas el sol, pero me alumbras,
Me escondes la entrada, pero me enseñas el origen,
Y me ocultas la salida, pero me das una razón para vivir.

Porque me dirijo a tu secreto,
Aquella salida que añoro y deseo.
Laberinto inconmensurable.
Cubres aquel escape
Aquella meta inimaginable

Y no es la puerta ni del paraíso
Ni de la bóveda más grande,
Ni la fórmula que busca el alquimista,
Ni el mapa de la pirámide,
Ni todas las minas de diamantes,
Ni el triunfo más fulgurante,
Ni el perdón a los pecados capitales.

No es la fuente de la vida,
Ni la manzana de la discordia,Ni el templo de Afrodita,
Ni el agua bendita,
Ni el milagro de la vida.

Es simplemente, el cuadro de una sonrisa,
Aquel retrato que ha podido exponer,
Aquel tesoro que he podido reconocer,
Aquella figura con la que he podido soñar.
Aquel nombre que ha podido transformar
Este laberinto opaco, abismal y terminal.
En este fastuoso laberinto de luces.

 

Gustavo Gutiérrez Fernández-Dávila, prom `94
Crónicas de Triunfos y Derrotas

Al verlos a ellos, aún sin ser melancólico, es obligatorio sentirse ligeramente viejo. Sábado de fútbol, se vive la fiebre del mundial y hay campeonato de ex alumnos, nos corresponde evitar que nos vuelvan a golear, o -quién sabe- tal vez ganar.
Nuestro rival, la Promoción 18, acaba de salir del colegio, y nosotros ya tenemos 12 años fuera de las aulas; ellos celebran tal vez el hecho de haberse liberado del uniforme, del horario y las tareas; y nosotros quisiéramos volver - al menos por unos días - a nuestro salón, a nuestro locker y a nuestro recreo.
En el colegio nuestras responsabilidades tenían una limitación que, de repente, ahora extrañamos: bastaba con levantarse temprano, atender en clase y hacer las tareas; claro, todo eso con una sana mezcla de diversión, alguna que otra palomillada y por supuesto compartir largos momentos con los amigos.
Ahora, igual nos levantamos temprano, pero para ir al trabajo, a estudiar, o para atender a la familia. Los momentos de diversión se hacen significativamente más cortos, las travesuras ya no las realizamos y por el contrario las sufrimos. A los amigos, hay que hacer esfuerzos para verlos de cuando en cuando.
En definitiva, ya estamos lo suficientemente grandes como para renegar de nuestras obligaciones laborales y/o familiares. Por el contrario, satisface regresar al colegio habiendo logrado algunas metas, y da gusto y motiva enterarse de los éxitos de muchos.
El tiempo pasa y sólo queda recordar lo bueno, juntarse con los amigos, trabajar duro, y por qué no, darle la misma oportunidad a nuestros hijos de tener exquisitas vivencias en nuestro querido colegio.
Por cierto, la única derrota a la que se hace alusión en el título de esta historia, es la que una vez más tenemos que digerir en la semana. Al parecer es más fácil conservar los recuerdos que el estado físico.